¡Trágame tierra! Una selfie provoca la caída de 'La paloma de la paz' de Botero 


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| 07 de Octubre 2026

Excelsior

La caída de La paloma de la paz, de Fernando Botero, ocurrida ayer en el Museo Nacional de Colombia, no es solamente el accidente de una escultura que terminó en el segundo piso después de precipitarse desde el tercero. La pieza, concebida en 2016 como una declaración artística a favor del proceso de paz con las FARC, carga desde su origen con una historia política que excede su condición de objeto de bronce.

Su deterioro accidental vuelve a colocarla, ahora de manera involuntaria, en el centro de una conversación sobre memoria, patrimonio y los modos en que una sociedad se relaciona físicamente con sus símbolos.

La obra nació ligada al proceso de paz con las FARC
Botero donó la escultura en septiembre de 2016, cuando el gobierno de Juan Manuel Santos avanzaba hacia la firma del acuerdo de paz y el país se encontraba inmerso en una intensa disputa pública alrededor de su refrendación.

La paloma, de 70 centímetros de altura, blanca y con el pico dorado, fue instalada entonces en la Casa de Nariño. El gesto del artista no fue ambiguo: quiso asociar su obra con la esperanza de poner fin a una guerra que había marcado varias generaciones de colombianos.

El propio Botero explicó entonces el sentido de la donación: “Con la escultura ‘La paloma de la paz’ me uno a este proceso transcendental de la paz en Colombia”. En el mismo mensaje sostuvo que quería entregar el regalo como expresión de “apoyo y solidaridad” a un proceso que, a su juicio, podía ofrecer un futuro de esperanza al país.

La frase convirtió a la obra en algo más que una representación figurativa de un ave: la vinculó deliberadamente con una coyuntura histórica concreta.

Su historia posterior confirmó esa condición política. Después del gobierno de Santos, la escultura pasó al Museo Nacional, donde permaneció durante varios años, hasta que el gobierno de Gustavo Petro solicitó su regreso a la Casa de Nariño.


El traslado tuvo entonces una carga simbólica evidente: la misma pieza que había acompañado la política de paz de Santos volvía a ocupar un lugar institucional durante una administración que convirtió la implementación del acuerdo y la llamada paz total en uno de sus principales discursos políticos.

En julio de 2026, la obra regresó nuevamente al Museo Nacional. Allí fue instalada en la Sala 14, conocida como La Rotonda, en el tercer piso, con el número de registro 8107.

Apenas unos meses después de esa nueva incorporación a la exposición permanente, la pieza quedó involucrada en un accidente que, por sus características, pudo haber terminado de manera mucho más grave.

Una fotografía terminó en la caída de la escultura
El episodio ocurrió alrededor de las 11 de la mañana, cuando un grupo universitario terminaba su visita al museo y varios estudiantes tomaban fotografías.

Según el relato ofrecido por Óscar Rodríguez, coordinador del área de educación del Museo Nacional, una estudiante se sentó frente al pedestal para hacerse una fotografía y, al apoyarse sobre él, provocó accidentalmente su desplazamiento.

La escultura perdió entonces el apoyo y cayó por el espacio abierto entre los niveles del edificio.

La pieza golpeó con su costado izquierdo una rejilla de hierro situada en el segundo piso. La visitante y los demás asistentes resultaron ilesos, mientras personal del museo acudía para asegurar el área y revisar tanto la obra como las condiciones de seguridad del lugar.

La caída, por tanto, no produjo una emergencia entre el público, pero sí activó los procedimientos previstos por la institución para incidentes que afectan bienes de sus colecciones.

La primera valoración permitió descartar una fractura de la escultura y confirmó que su estructura permanecía estable, una circunstancia atribuida a la resistencia del bronce en que fue fundida.

Pero el diagnóstico posterior realizado por el Área de Conservación del Museo Nacional fue más preciso: encontró rayones y abrasiones con pérdida de capa pictórica en la cabeza, la cola, las alas y la base, además de abolladuras en diferentes puntos del metal. El pico aparece entre las zonas más afectadas.

La diferencia entre una primera impresión y un diagnóstico de conservación resulta significativa. Una escultura que no se ha partido y mantiene su estabilidad estructural puede, sin embargo, presentar daños relevantes en su superficie, su policromía o su geometría.

En una pieza de bronce pintado como La paloma de la paz, el golpe no se mide únicamente por la posibilidad de fractura: también importa la alteración de las capas que conforman su apariencia y, con ella, parte de su integridad material.

El accidente abrió un debate sobre la protección del patrimonio
El accidente adquiere otra dimensión cuando se considera la naturaleza del Museo Nacional. Fundado en 1823, el recinto conserva colecciones que atraviesan la historia política, artística y social de Colombia y articula objetos de épocas y procedencias muy distintas.

En su propia información para visitantes, el museo insiste en que la conservación y la seguridad de las colecciones forman parte esencial de la experiencia pública y establece restricciones específicas para evitar que la interacción física de los visitantes comprometa las obras.

La paradoja es especialmente visible en este caso. El museo permite tomar fotografías para uso personal, pero advierte que determinadas prácticas pueden comprometer la seguridad de las obras y de los visitantes.

La cultura contemporánea de la fotografía frente a las piezas de arte introduce así una tensión difícil de resolver: el visitante ya no contempla solamente el objeto, sino que busca incorporarlo a su propia imagen.

Cuando esa necesidad de registro se convierte en contacto físico, la distancia que protege al patrimonio puede desaparecer en cuestión de segundos.

No sería preciso, sin embargo, reducir el episodio a una condena moral de las selfies. El accidente también obliga a mirar la relación entre diseño museográfico, comportamiento del público y mecanismos de protección.

En este caso, la institución informó que la escultura contaba con dos puntos de sujeción en la base para impedir su desplazamiento. El hecho de que una presión involuntaria sobre el pedestal terminara desencadenando la caída demuestra la necesidad de analizar conjuntamente la conducta del visitante y las condiciones físicas de exhibición.

La dimensión simbólica de la obra hace que sus daños tengan una resonancia distinta de la que tendría el deterioro accidental de una pieza sin una historia política tan explícita.

La paloma de la paz fue concebida como una intervención de Botero en uno de los momentos decisivos de la historia reciente de Colombia. Su forma amable, blanca y volumétrica, característica del lenguaje del artista, quedó desde el comienzo asociada a una palabra cargada de disputas: paz.

También resulta revelador que la escultura haya viajado entre instituciones y gobiernos.

Primero estuvo en la Casa de Nariño con Santos.

Después pasó al Museo Nacional.

Regresó al palacio presidencial durante el gobierno de Petro.

Volvió al museo en 2026.

Cada desplazamiento modificó su contexto de lectura, aunque no su significado material. La obra se convirtió así en una especie de objeto móvil de la memoria política colombiana, capaz de aparecer en distintos escenarios mientras conserva la misma promesa inscrita en su nombre.

La obra permanece fuera de exhibición mientras se define su restauración
Rodríguez, del Museo Nacional, describió inicialmente el resultado como daños mínimos y destacó la resistencia de la pieza. Pero el diagnóstico posterior introdujo una precisión indispensable: la obra está estable, aunque presenta deterioros que requieren intervención especializada.

Esa diferencia entre estabilidad y ausencia de daño es fundamental en conservación patrimonial y explica por qué la institución decidió retirar la escultura de circulación pública mientras se determina el tratamiento adecuado.

El Ministerio de Cultura y el Museo Nacional confirmaron que la pieza deberá ser intervenida por un profesional especializado en conservación y restauración de bienes muebles.

La institución también señaló que dispone de un protocolo general para responder a incidentes que afecten obras patrimoniales en sus salas, y que ese procedimiento fue activado en esta ocasión.

La escultura permanece ahora en un depósito, fuera de exhibición, mientras los especialistas determinan el alcance definitivo de las afectaciones y el procedimiento de recuperación.

La familia del artista también ha ofrecido su respaldo al proceso. Fernando Botero Zea, hijo del escultor, expresó confianza en que la obra pueda recuperarse mediante una restauración especializada y señaló la posibilidad de recurrir, si fuera necesario, a los talleres italianos donde la pieza fue producida.


Su reacción introduce otra voz relevante en el debate: la restauración no se limita a reparar una superficie golpeada, sino que debe preservar las características materiales y artísticas que permiten reconocer la intención original del autor.

La restauración tendrá, por ello, una dificultad adicional: reparar sin borrar las huellas de la historia material de la obra.

Las abolladuras, los rayones y la pérdida de pintura producidos por el accidente deberán ser tratados sin convertir la intervención en una reconstrucción arbitraria.

En bienes patrimoniales contemporáneos, la pregunta no consiste simplemente en devolver un objeto a su apariencia anterior, sino en determinar hasta dónde puede intervenirse sin alterar su autenticidad material. Ese será uno de los desafíos técnicos que ahora enfrenta el museo.

Por el momento, La paloma de la paz permanece fuera de la vista del público, precisamente en el lugar donde comienza una de las etapas menos visibles de la vida de una obra: el diagnóstico, la documentación y la restauración.

El episodio ha convertido una pieza concebida para representar la esperanza de un país en una imagen inesperada de su propia fragilidad. El bronce resistió la caída, pero el accidente recuerda que incluso los símbolos más sólidos dependen de las condiciones materiales que permiten conservarlos.

Su regreso a las salas dependerá ahora de los especialistas y del tratamiento que determine el Museo Nacional. Cuando vuelva a exponerse, si el proceso de restauración permite hacerlo, la paloma llevará consigo una historia adicional: la de una obra creada para celebrar la paz, desplazada entre distintos poderes políticos y finalmente herida en el espacio destinado a preservar la memoria colectiva.

En esa contradicción reside quizá la dimensión cultural más elocuente del episodio: un símbolo de paz que vuelve a la conversación pública no por haber perdido su significado, sino porque la fragilidad de su materia hizo visible, una vez más, la responsabilidad que implica conservar aquello que una sociedad decide convertir en patrimonio. © 2026 Imagen - Excélsior.

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