Tierra Blanca, Veracruz.- “No me llores, Licha. Ya habrá tiempo para que me llores”, le dijo el reportero Pedro Tamayo Rosas a su esposa momentos antes de fallecer, víctima de un atentado perpetrado frente a su casa en Tierra Blanca, en el estado de Veracruz.

Tamayo tenía 43 años cuando murió y 21 de trayectoria en los medios de comunicación. Según Artículo 19,  organización independiente que defiende la libre expresión, es el periodista veracruzano número 17 en ser asesinado durante el sexenio de Javier Duarte de Ochoa.

Fue la calurosa noche del 20 de julio, cuando el reportero de oficio atendía en su puesto de comida a un par de sujetos que bajaron de un automóvil gris, con cristales polarizados.

Los sicarios comenzaron a gritar el apellido de Pedro. Uno de los asesinos estaba visiblemente ebrio, sacó un arma calibre nueve milímetros y disparó contra el reportero, él cayó gravemente lesionado pero seguía consciente.

Según las investigaciones fueron dos balas las que impactaron en el pecho de Pedro Tamayo Rosas las que provocaron que falleciera.

La patrulla 08-2841 de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) de Veracruz, en ese entonces a cargo de Arturo Bermúdez Zurita, atestiguó todo. Estaban en la cuadra anterior a la casa de Tamayo. Vieron qué coche llegó y quiénes se bajaron.

  • ¡Déjame acercarme a mi marido, suéltame hijo de tu puta madre! – gritaba desesperada Alicia Blanco Beiza, pareja de Pedro, al ver tendido a su esposo.
  • Aléjese o le disparo a usted también – le respondió el oficial que forcejeaba con la mujer. El policía cortó cartucho y la encañonó con el arma.

Aún con vida, Pedro le pidió a Alicia que guardara la calma y le suplicó a los oficiales que llamaran una ambulancia.

Dejaron que Tamayo desangrara.

LE CAMBIARON LA PATRULLA

Tierra Blanca es un municipio incrustado en la región de la Cuenca del Papaloapan, zona azotada por la violencia del crimen organizado. Las autoridades locales, en diferentes épocas, se han visto superadas por los maleantes.

De ser conocido como un importante pueblo ferrocarrilero y paso obligado del sureste mexicano hacia el puerto de Veracruz, Tierra Blanca ahora sólo es conocido, como dicen sus pobladores, “por su buen voleibol y sus crímenes sangrientos”; también le dicen “la antesala del infierno”, pues en temporadas de calor la sensación térmica llega a más de 50 grados centígrados.

Pedro Tamayo Rosas fue amenazado por el crimen organizado a principios del 2016,  huyó de Tierra Blanca hacia la zona serrana de los límites de Veracruz y Oaxaca. Desapareció un par de días de la ciudad.

Después de muchos alegatos con el fiscal local, Alicia logró interponer la denuncia de desaparición de su esposo reportero.

La Comisión Estatal de Atención y Protección a Periodistas (CEAPP), cuestionada desde su conformación, los mandó a Tijuana. Pedro y Alicia abandonaron su vida en Tierra Blanca, cancelaron su número telefónico, dejaron su casa, sus costumbres. No aguantaron estar fuera más de dos meses.

A su regreso a la “Novia del Sol”, como se le conoce a la ciudad, emprendieron un negocio de comida rápida, hamburguesas, sandwiches y hot dogs que prosperó enseguida. No obstante, por protocolo de “seguridad” y vigilancia del Estado, tenía que firmar de lunes a domingo una bitácora donde certificaba que se encontraba sano y salvo.

La patrulla de  0846 pasaba todos los días por la casa del periodista. La familia denunció que, casualmente la noche del asesinato, le cambiaron la ruta a la patrulla y a los agentes que la ocupaban.

Minutos más tarde del ataque, la otra patrulla “de guardia” de la Secretaría de la SSP del gobierno duartista se acercó al lugar de los hechos e impidió que Alicia le diera atención a Pedro y que su hijo mayor corriera tras los asesinos.

Según la familia, los mismos policías estatales dieron una dirección equivocada a los paramédicos de la Cruz Roja municipal y esto retardó la atención médica para el periodista. Cuando llegaron, Tamayo agonizaba.

LA INDOLENCIA DE LA AUTORIDAD

Desde el pequeño balcón de la recámara principal “Tango”, el perro chihuahua de la familia, le ladra al grupo de desconocidos que llegó desde la madrugada, que entra y sale de su casa.

A los peritos de la Fiscalía General del Estado y la Policía Ministerial poco les interesó agilizar la recreación de los hechos la mañana siguiente del hecho. La familia de Pedro no tuvo  recursos para llevar los restos a otro lugar y tuvieron que hacer espacio para los policías y la prensa que abordaba a los deudos. Mientras que en el patio se desarrollaba el cepelio, en las jardineras frente a la puerta principal se recreaba su muerte.

Hay poca gente, sólo los más allegados al matrimonio Tamayo Blanco. Las cuñadas y sobrinas de don Pedro hacen café y reparten pan. Un hombre de bigote lee sentado sobre un banquillo el encabezado del diario local: MATARON A TAMAYO (así, en portada y en letras amarillas con tintes rojizos).

Los vecinos se asoman por las rendijas de las ventanas. Las cuadras contiguas al punto del ataque están rodeadas por policías municipales, estatales y federales. Marinos y soldados dan rondines cada 20 minutos.

Alicia, la esposa de Pedro, anda como si levitara. Responde pero ya no razona.

  • ¿Hablamos con doña Alicia Blanco Beiza? Estamos hablando de Radio Fórmula.
  • Háblenme al rato, orita no puedo…

DE POLICÍA A REPORTERO

La necesidad y la curiosidad orillaron a Tamayo al periodismo. En la década de los 90 dejó su puesto como vigilante, abandonó sus botas y su uniforme y tomó una cámara fotográfica, lápiz y papel para iniciar en el oficio reporteril.

En aquel entonces el diario La Crónica de Tierra Blanca era un tabloide que se publicaba una vez por semana. El empresario Enrique Haaz Diez, deseaba que su “periódico creciera”; para esto llamó a un conocido periodista de la ciudad de Veracruz, ex empleado del diario de la ciudad de Veracruz Notiver.

Por cuestiones de seguridad, la fuente pidió omitir su nombre para este trabajo, “pues la cosa en Veracruz está muy peligrosa. Yo no niego lo que soy y lo que he trabajado en toda mi vida. Pero estos hombres se dedican a eso, al crimen organizado… y precisamente eso, están así: organizados, están en todas partes”.

  • ¿Tan difícil está “la cosa”?
  • Tanto y más. Yo hablé algunos días antes de que atacaran a mi compadre Pedro. Yo le dije ‘compadre, no se hubiera regresado’. Pero él me respondió ‘que allá no era lo mismo’ – dice la fuente.

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Fueron dos meses los que el matrimonio estuvo exiliado de su pueblo. “Es que no es igual que andar en tu tierra”, justificaba Tamayo. Tanto amor le tenía a su lugar de origen que en veces recitaba una poesía popular: “Tierra Blanca la del llano, la de la palma apachite…”

La Crónica no tenía competencia alguna. No había y no llegaba otro periódico a Tierra Blanca. (…) Nosotros hicimos crecer al diario y volvimos ‘grillera’ a la gente”, se ostenta el periodista anónimo.

En un caso inédito, una joven integrante de una conocida familia terrablanquense denunció que su “hijo había sido robado”. En 1994 el escándalo traspasó fronteras municipales y varios diarios porteños “querían la nota”.

  • Yo vi que Pedro era un policía joven. Pero tenía la particularidad de que se llevaba con la familia y la chica. Él visitaba constantemente a Lichin (Alicia) en la redacción.
  • ¿Fue ahí su inicio?
  • Sí, y ahí le pedí el favor de que interrogara a la muchacha. Lo convencimos, le pusimos una grabadora en la panza con un microfonito conectado, se lo pegamos en la muñeca y se fue a la casa de la muchacha. Como a las cuatro horas regresó con toda la información.

Pedro llegó a las instalaciones de La Crónica con todos los datos. A la chica no le habían robado su bebé, su pareja sentimental lo tenía escondido en otra casa.

A los pocos días, después de ese caso, Pedro abordó al periodista y le pidió trabajo. Se cansó de ser patrullero y conoció la “emoción del periodismo”. El dueño no puso ninguna “objeción para que se contratara a Pedro como reportero y como ya lo conocían en la redacción fue bien recibido”.

La Crónica  pasó de ser un semanario a ser un periódico con todas las secciones y fuentes; la que “mejor pegó fue la política y la policíaca. En la nota roja Pedro era bueno, en muchos accidentes él llegaba primero, incluso antes que las autoridades. Comenzaron a existir “exclusivas” para un periódico que no tenía competencia”.

  • Oiga jefe, ¿ese muchacho va a trabajar aquí? (señala a Pedro Tamayo) – cuestionó Lichín (Alicia) que en ese momento era capturista del periódico.
  • Sí, desde hoy – respondió el entonces jefe de información.
  • Ay, jefe, jefe… – expresó con un tono entre sátira y buen humor.

“MI COMPAÑERO, MI MEJOR AMIGO”

El tiempo pasó y Alicia y Pedro se hicieron pareja. “Sin darse cuenta” comenzaron a tener un compromiso mutuo. Un compromiso que duró 22 años.

Ha pasado un mes, se juntaron los días, las semanas, la familia retomó el negocio de las hamburguesas e inició la venta de zapatos y playeras. Improvisaron en su sala una especie de tienda con cajas, ganchos y estanterías.

Reiniciaron el servicio de comedor para los clientes. Al regresar las mesas y las sillas a la casa de la calle 5 de mayo, Alicia descubrió la mesa donde fue asesinado su esposo.

“Yo la vi y no le dije nada a nadie. Sólo me di cuenta por el hueco del balazo que tenía en una pata (…) Me dijo ‘gorda vamos a rezar’, fue ahí cuando pensé: ‘Señor, si te lo vas a llevar, llévatelo’. Él murió cuando subió a la ambulancia. Me tenía con la mano apretada y todavía me intentó aventar un beso”.

Pedro era un hombre, como dicen en Veracruz, malencarao; tenía un rostro serio, pero en el trato era afable. Con sus sobrinas era tierno y con su familia cercana, juguetón.

“Me hacía muchas bromas (…) Antes de dormir me hacía preguntas pendejas. Me decía: ‘oye gorda, ¿Cuántas rejas de Coca Cola se venderán en una tienda?’. Yo le respondía: ‘¡Pedro, ya vete a dormir!’ y rompía a las carcajadas”.

El matrimonio era muy unido. “Más que esposos éramos los mejores amigos”, compartían el vaso donde bebían y hasta el cepillo de dientes. De 24 horas del día, eran 20 las que pasaban juntos. “Cuando murió Pedro, se me fue el corazón”, dice Lichín.

Ella no pudo dormir bien durante días. Después del crimen, dejó la recámara intacta, “no quería que nada se saliera de su lugar, no barrí, no acomodé”.

Una madrugada que sonó la alarma del celular, sin darse cuenta, “apreté unos botones y me apareció un video en YouTube con todas la travesuras que me hacía. Ya no lo he podido encontrar y no aparece en ninguna lista de reproducción”.

Entre el llanto que genera la recreación de la muerte del reportero, recuerda una anécdota que le divierte. Una noche, sin estar casados aún, Tamayo llamó por teléfono a la casa de Alicia para que saliera y se vieran.

  • Gorda, sal – le decía melosamente Pedro a su pareja desde un teléfono público.
  • No, ya me metí, ya todos están durmiendo – respondía en voz baja Alicia, pues su mamá Doña Licha ya dormía.
  • Ándale gorda, que te quiero ver – dice la viuda y fue en ese momento que “me empieza a recitar” el Kamasutra. Se escuchó un golpe en la bocina, habían colgado.
  • ¿Gordita qué fue eso?
  • Es mi mamá que escuchó todo.
  • Ay gordita, ya mejor me voy. Nos vemos mañana – reaccionó Pedro con los ánimos menos alterados.

“A la mañana siguiente mi mamá salió del cuarto, me vio y me dijo: ‘¡A la madre con lo de anoche! Estuve a punto de decirles que si no te animabas tú, iba a salir yo’”.

 “EL DIABLO Y YO”

Cada aniversario de casados (28 de julio) celebraban con su canción: “El Diablo y yo”. La tarareaban todo el día del festejo. Y por mucha algarabía que hubiese, si algún evento o nota surgía, no dejaban de cubrirla con prontitud.

“¡Pongan la de ‘Viva mi Desgracia’ de Pedro Infante que hoy cumplo años de casado. No es cierto, échense la de ‘El diablo y yo’”, bromeaba.

“El diablo y yo 
Firmamos un convenio,
Y le pedí, que tú me quieras mucho,
A cambio de que cuando me muriera,
Iba a entregarle, el alma entera…

Pero a pesar de ser tan viejo el diablo
Se le olvido pensar con la cabeza
Pues al quererte me robaste el alma
Y el pobre diablo se muere de tristeza…”

Condujo por muchos años el equipo de futbol infantil donde jugaron sus hijos, y bajo su dirección, lo hizo campeón en más de diez torneos.

Tamayo tomaba su libreta de notas de resorte metálico en el costado y redactaba la información para los medios donde colaboraba, El Piñero de la Cuenca, Alcalorpolítico.com o para su página de Facebook “La línea de fuego, los riesgos de la noticia”. Aunque experto en nota policíaca no dejaba de escribir sobre futbol, política o cualquier suceso que marcara la vida de la Cuenca del Papaloapan.

Cuando fue director editorial de La Voz de Tierra Blanca revisaba con su esposa página por página del diario. Con marcatexto señalaba los errores en la edición para no repetirlos en la siguiente.

– Oiga don Pedro, ¿Para qué lee todo de nuevo? – le inquirió un joven reportero.

– Porque para nosotros el trabajo es sagrado…

UN NUEVO AMOR

Pedro Tamayo tenía un nuevo amor: su nieto de cinco meses.

Se mantenía al pendiente de él. Le preparaba sin chistar su mamila. Como abuelo fue devoto y como esposo, fiel. Como compañero de trabajo fue solidario, pues a más de un reportero de otra región apoyó para que la información llegara en forma.

Cuatro días antes de ser asesinado celebró la boda de su hijo menor en un salón pequeño, donde sólo la familia cercana estuvo presente. Ya esperaba a un nuevo nieto.

La Fiscalía no ha detenido a los responsables del hecho; dieciocho días después, todo se redujo a la declaración del fiscal de Veracruz Luis Ángel Bravo Contreras: “ya tenemos órdenes de aprehensión y estamos en búsqueda de los objetivos”.

Por su parte, la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión (FEADLE) registró el hecho y anunció coadyuvar con la investigación por la muerte del reportero terrablanquense.

A Pedro Tamayo le arrebataron la vida. Le quitaron el derecho de informar a su comunidad y de continuar al lado de su esposa, sus hijos, sus nueras y sus nietos.

Desconsolada, Alicia sentencia: “Hasta ahora no han capturado a nadie. Con esos hombres que lo mataron, yo no sé qué va a pasar cuando los detengan. Pero yo rezo todos los días por ellos y por sus familias. A Pedro ya nadie me lo regresa”.

Antes de subir a la ambulancia donde falleció, Pedro Tamayo le apretó la mano a su esposa, ella simuló fortaleza aunque se iban con su esposo 22 años de vivencias y romance. Ante el dolor, se mantuvo estoica.

  • ¿Pedro sabía del riesgo? – cuestionan a Alicia Blanco.
  • Claro, pero su trabajo y su familia eran su vida. Pero a él siempre le gustó vivir en la línea de fuego.

 

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