Por José Eduardo Solís
Veracruz, Veracruz

Tras recibir la medalla de subcampeón de la Copa MX edición 2016, el capitán del Guadalajara, Jair Pereira, bajó del estrado donde se encontraba junto a su equipo y se dirigió a los rivales. Les saludó, les dijo unas rápidas palabras, unos ligeros abrazos y con la misma se regresó. Todo esto suscitado en medio de la cancha de la Corregidora, en vísperas de que el Querétaro alzara el trofeo de vencedor.

Sea por protocolo institucional, por un nuevo gesto simbólico que represente el juego limpio, o porque simplemente al defensa de las Chivas le nació reconocer al oponente, el mensaje fue claro; no demeritar un segundo lugar y seguir en pie.

Casi nadie se acuerda de este sitio en el podio, del segundón. Pero no sólo es en el podio, si de contexto deportivo hablamos, sino que aplica en la vida misma. ¿Alguien recuerda al segundo hombre que pisó la luna?, ¿podrá alguien recordar a los hombres que trabajaron en la vacuna contra la rabia antes de ser desarrollada por Pasteur?

Hablar de lo deportivo es hablar, como se mencionó anteriormente, de competir, de ganar a como dé lugar, de ser más que el contrario. Una sana competencia, llaman al deporte los puristas.

La anterior noche del dos de noviembre, Chivas se quedó con el segundo puesto de la Copa del balompié nacional, uno de los dos galardones que otorga la federación mexicana de fútbol cada semestre. Querétaro, por primera vez en su historia obtuvo este trofeo al ganarle al Guadalajara.

Pero cómo es que esta aseveración, la de olvidar al segundo lugar, se quedó plasmada en la vida de las personas, y aún más impresionante, en la vida del deporte.

En los pasados juegos olímpicos de Brasil, se sabe que el estadunidense Michael Phelps y el jamaicano Usain Bolt, fueron casi siempre los primeros en sus respectivas competencias, y se dice casi siempre porque el nadador de Singapur, Joseph Schooling, venció a Phelps en una final. ¿Alguien recuerda al atleta Schooling?, fue el número uno antes que la “bala” de Baltimore. Ni hablar de los otros primeros lugares en distintas disciplinas que resultaron ganadores y que hoy yacen en la indiferencia. Es más, se recuerda con mayor ímpetu al gimnasta francés Samir Ait Said por su rotura de pierna en plena competencia que a todos los victoriosos de la justa.

La selección de fútbol de Argentina lleva 23 años sin ganar un certamen en torneos mayores. Ha quedado segunda dos veces en la Copa América contra Chile y fue subcampeona contra la poderosa Alemania en el mundial de Brasil.

Ni hablar de Cruz Azul en México, o del Necaxa de Juan Villoro, quien dice sentirse orgulloso de irle a un equipo sabido que nunca alcanzará las preseas.

Y es que pareciera que hay una insistencia en ver siempre un ganador y un vencedor. No podemos imaginar un mundo de matices donde no exista ni el triunfo y ni la derrota como entes totales. No cabe en la cognición que en el perder también se puede ganar.

Una sociedad que exige una vida de victorias, de éxitos y de glorias, viciada en el dinero y en el poder, es anhelada en los deportes.

En 1981, en la gestación de la globalización, los economistas Lazear y Rosen, formularon el “modelo del torneo”, donde sostenían que el rendimiento de un trabajador (tanto su evolución como su incentivo) puede responder al modelo de un torneo de tenis. En él sólo existe un premio: o se gana y se tiene todo, o se pierde y no se tiene nada. La gloria es sólo para el primero.

Y bajo esta premisa, es cómo se nos ha enseñado el deporte, bajo un sistema donde lo económico rige por sobre lo meramente deportivo. No importa nada más que el ganar, a quien sea, y no es precisamente que este objetivo sea decadente, sino que la forma y el fondo de materializarlo, hace que en lugar de ganar, se pierda. Vaya paradoja.

“Ganar no es lo más importante, es lo único”, dijo el famoso entrenador de fútbol americano Vincent Lombardi, argumentando que es precisamente esta mentalidad la que ha hecho a Estados Unidos una potencia.

Una realidad es que la competencia es esencial en el deporte, pero saber hasta qué punto es benéfica esta idea es lo complicado.

Estamos obstinados por competir, por mostrarnos como los mejores, por un individualismo brutal que pone en peligro constante nuestro alrededor. No debe importarnos que al rival lo humillemos, a un punto sin mesura. “Soy yo y mis circunstancias, y si no salvo a mis circunstancias tampoco me salvaré yo”, exponía el escritor español José Ortega y Gasset.

No podemos dejar de competir. Pero más por naturaleza, lo hacemos por manía, por capricho, hasta podría decirse que lo hacemos por egocentrismo.

Nuestro cuerpo está diseñado para que todas nuestras células trabajen en conjunto y hagan de nosotros un ser casi perfecto que trabaje en sintonía, como una orquesta, donde cada instrumento juega un papel importante en la creación de una excepcional melodía armoniosa.

Cada partido de fútbol es competir, pero hay que darnos cuenta en lo que estamos entendiendo por competencia.

Chivas compitió contra Querétaro y perdió, quedó en segundo lugar. Hace unos días derrotó a su enemigo número uno, el América, y fue entonces el primero. La relatividad sale a flote, y hablando de relatividad, ¿alguien se acuerda de quiénes fueron los alumnos número uno en las clases a las que asistía Albert Einstein?

Uno de los filósofos más importantes que dio el siglo pasado fue Martín Heidegger. A sus ochenta años hizo público su gusto por el fútbol. El pensador solía ir a casa de su vecino para presenciar los partidos de Franz Beckenbauer, aquel defensa de hierro mágico que jugaba en el Bayern de Múnich.

De algún modo Heidegger nos quería decir que la genialidad no solo está en el pensamiento, también está en la vida diaria, en la belleza de unos ojos, en un poema de Hölderlin, o en un pase preciso de un futbolista llamado Beckenbauer, plasma el escritor Fernando Mires.

¿Por qué no apreciar simplemente el juego en sí, disfrutarlo, aprovechar ese irreversible momento y no esperar siempre un ganador y un perdedor? Que habrá uno de los dos, no hay duda, que eso signifique algo para el público, en efecto, porque así está educado, pero por qué no cambiar esa realidad de una vez por todas.

Los matices de la vida en el fútbol son mayúsculos. El balompié es la vida exagerada resalta Jorge Valdano. Deberíamos aprender a valorar no sólo al segundo lugar, sino a los que no clasificaron, y más que eso, a los actos dentro y fuera de la cancha que a veces una pantalla televisiva ignora. Podríamos empezar por embellecer un gesto como el saludo que hizo el defensor de las Chivas Jair Pereira en plena derrota a sus contrincantes.

“A pesar de las cosas que envilecen al fútbol actual, como corrupción, explotación económica, dopaje, racismo y xenofobia, el fútbol ha podido mantener y renovar la capacidad de asombrarnos”, entona el periodista Juan Villoro.

Las realidades están para ser cambiadas, y es a partir de nuestro discurso que esas realidades se irán modificando. El lenguaje como modo de vivir es el mecanismo que poseemos para crear una nueva verdad.

Que el segundo lugar sea más que una derrota, más que una competencia, más que un premio económico, porque el éxito está comprendido como un reflejo de lo monetario.

Recuperar la infancia a voluntad por medio del juego o del arte permite que el adulto tome vacaciones de sí mismo, nos dice Villoro.

¿No sería más grato apreciar a dos extraordinarios futbolistas como Leo Messi y Cristiano Ronaldo en lugar de ponerlos a competir? Sus números hablan por sí solos, su estadística es impresionante, pero su estadística no respira ni llora. Ella no vive.

Más que darle ese valor al segundo en el podio, en cuanto a fútbol se refiere, podríamos apreciar en ese instante un pase perfecto, un bajada de pecho, un drible, un remate potente, un control de balón excelso, y después guardarlo en la memoria; ¿qué quién gane o pierda?, eso debería importar menos.

Pocos recuerdan quién anotó los goles en el triunfo de Italia sobre Francia en la final del mundial de 2006. El recuerdo arroja aquel cabezazo de Zidane a un defensa italiano.

El Atlético de Madrid de Diego Simeone se ha quedado muy cerca de ganar la final de la Champions League, incrédulamente, ante el Real Madrid. Pero lo que asombra es que se habla y se conmemora más esas actuaciones de los colchoneros que los títulos merengues.

“Nadie se acuerda de los subcampeones”, sentenció Carlos Bilardo, un estratega del fútbol argentino, pero lo que no dijo fue que lo verdaderamente perdurable, y que ignora la estadística, el negocio económico, el patrocinio y demás, son los detalles que hacen sentir la grandeza de esta experiencia inexplicable de la vida a la que llaman fútbol.

(Foto: @record_mexico)

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