Por Luis Antonio Sosa Von Putlitz.

Actualmente, el espíritu de las Olimpiadas (y el deporte en general) está imbuido en valores universales como el respeto y la paz. Cada cuatro años, atletas y espectadores provenientes de todos los rincones del planeta se reúnen no sólo para celebrar los alcances físicos: también se festejan las demostraciones de fraternidad que prevalecen pese a las diferencias socioculturales.

Sin embargo, no todo es algarabía en los Juegos Olímpicos. Al ambiente de colorido y bullicio subyace todavía una fuerte discriminación, de la cual no están exentos los deportistas. El caso más reciente es el de la gimnasta mexicana Alexa Moreno, con su participación en Río 2016, y de quien se han hecho severas críticas y burlas en las redes sociales debido a su ancha complexión física, atípica en la gimnasia artística.

No es la primera vez que sucede, y no solamente los mexicanos han lanzado burlas hacia sus deportistas. En la historia de los Juegos Olímpicos destacan otros casos de discriminación; ya sea por el aspecto físico o por romper con todos los convencionalismos de la disciplina que el atleta representa.

Uno de los más emblemáticos es el de James Cleveland “Jesse” Owens, atleta estadounidense de origen africano que hizo vibrar al mundo en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 (los juegos de Hitler). “Jesse” Owens conquistó cuatro medallas de oro en aquellos juegos, en un contexto de extremo racismo en Alemania (hay que recordar los postulados “científicos” sobre la supremacía blanca) y una Europa con tufo de guerra.

Owens, con sus triunfos en atletismo, contribuyó a engrosar el medallero de un país que aún no lo aceptaba del todo, y en el que se vivían fuertes manifestaciones de violencia contra las minorías étnicas, las cuales eran constantemente acosadas por grupos como el Ku Klux Klan y por las propias instituciones encargadas de impartir justicia.

En México, y más concretamente en el fútbol, hubo un personaje en quien la burla fue tal que incluso hoy en día se le recuerda a modo de broma para llamar a las personas que sufren de excesiva nostalgia por su lugar de origen. Se trata, pues, de José “Jamaicón” Villegas, mítico defensa de las Chivas, y del cual surgió el término “Síndrome del Jamaicón” para mofarse de los que se entristecen lejos de casa.

No hay una versión definitiva al respecto, pero según el Anecdotario del Fútbol Mexicano de Carlos Calderón Cardoso, todo empezó durante una gira realizada en Portugal en 1958 previa a la sexta edición de la Copa del Mundo a celebrarse en Suecia.

Cuenta el relato que durante una cena de gala en Lisboa, el histórico entrenador Nacho Trelles (director técnico de aquella selección mexicana) se percató de la ausencia de José Villegas. Cuando lo fue a buscar, se encontró con un hombre con la cabeza derrumbada entre sus rodillas, llorando inconsolable.

Frente a semejante escena, Don Nacho le preguntó a Villegas qué era lo que le ocurría y si ya había comido algo, a lo que el “Jamaicón” supuestamente respondió diciendo que él quería “sus chalupas, unos buenos sopes o un rico pozole y no esas porquerías que ni de México son”.

A muchos aficionados, de antes y ahora, poco les importó que alguna vez ese gran defensa lateral del Guadalajara frenara al imparable delantero carioca Garrincha. Para infortunio, al “Jamaicón” se le recuerda más por aquél desliz que por sus actuaciones de antología dentro del terreno de juego.

El último caso remonta a las Olimpiadas del 68, realizadas en México. Uno de los atletas que más miradas atrajo en aquella justa fue el norteamericano Dick Fosbury, quien competía en la prueba de salto de altura.

Formado en la Universidad de Oregón, Fosbury había recibido toda clase de señalamientos en su país debido a la peculiar forma en que saltaba: con la espalda sobre el listón. Los estadounidenses temían un ridículo monumental, y vieron con malos ojos la clasificación de Fosbury a la justa olímpica celebrada en tierras mexicanas.

Ya en México, Fosbury no solamente demostraría la efectividad de su sistema, sino que además obtendría la medalla de oro y establecería un récord olímpico de 2.24 metros. Hoy por hoy, a esa técnica se le conoce como Salto de Fosbury y muchos atletas la llevan a cabo.

Siempre ha habido opiniones en contra de aquello que es “diferente” o que se sale de la norma. El deporte, como espacio para la sana competencia, representa una gran oportunidad para promover valores que desplacen a las prácticas discriminatorias. Porque la diversidad ha sido, es, y será siempre, una de las grandes riquezas del mundo.

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